cima del Lanin

Subiendo el Lanín: una aventura en primera persona, parte II

A la una y media de la madrugada nos despertaron. Nos habían preparado un desayuno. Ya habíamos preparado las linternas, los grampones y las camperas y equipos de nieve antes de dormir.
La buena noticia fue que ya no teníamos que llevar las mochilas tan cargadas, varias cosas podían quedar ahí en el refugio.
Salimos con una sorpresa: una increíble luna llena. Cielo despejado, la claridad era tremenda. Prácticamente no prendimos las linternas, porque prenderlas incluso nos quitaba luz y achicaba el panorama visual.
Tratamos de salir todos los grupos juntos. Antes de arrancar hay una charla técnica y te preguntan cómo estás y en qué condiciones llegaste. Nos recuerdan que el grupo es uno solo, a partir de aquí, si alguien necesita bajar, todos debemos hacerlo. Un chico de otro grupo dudó pero al final decidió ir.
Empezamos este último ascenso en una larga fila india conformada por todos los grupos. Adelante iba uno de los guías rompiendo la nieve y marcando las huellas que debíamos seguir.
A mí me tocó anteúltimo… eso no me gustó mucho. Atrás iba un guía, obviamente, y delante de mí este chico que tenía cierta dificultad y entonces rompía las huellas, lo que lo hacía difícil para mí también.
A los veinte minutos volvimos a reunirnos y se le insinuó al chico que tal vez no llegaría y que aún estaba a tiempo de bajar sin que la decisión se aplicara a todo el grupo. La idea era hacer cumbre a las ocho de la mañana y teniendo en cuenta que habíamos salido a las dos, teníamos seis horas de caminata por delante. Aceptó bajar, y algunos más también.
Ahí volvimos a separarnos de acuerdo al grupo original. Nosotros tres -mi amigo, Hernán y yo- agarramos un buen ritmo. En las paradas técnicas, nuevamente, disfrutábamos del paisaje. Agua, barras de cereal y fruta.
La noche iba dando lugar al día, a las cinco de la mañana los primeros rayos de sol nos descubrieron nuevos detalles: se veía la totalidad del Huechulafken, uno de los lagos que está al pie del Lanín, del lado de la cara por la que uno no entra y por lo tanto no ve hasta llegar a cierta altura. Uno finalmente empieza a ver lo que hay del otro lado.
Una de las complejidades de esta parte de la aventura tiene que ver con el posible desprendimiento de piedras. El de adelante debe ir atento. De hecho, en un momento se desprendió una piedra que fue moviendo otras más en la caída. Por suerte las esquivamos, no pasó a mayores, pero fue un lindo susto. Seguimos con paso firme.
La última parte es dura, hay gente que se queda a doscientos metros de la cumbre. Se calcula que por hora ascendés entre cien y doscientos metros. Es un tramo muy empinado.

El colapso puede ser físico o mental. Aunque son los músculos los que parecen ser los afectados, más fuerte empieza a ser la presión por no hacer bajar al grupo faltando tan poco. Tenés que confiar en vos. El guía es un inflador anímico, es casi su función principal.
Llegamos a una parte muy rocosa, un camino angosto, heavy y limitado, que exigía mucha concentración. Ya veíamos la cumbre. Adrenalina mil. Aunque quedaba una parada más la pasamos de largo.
A las siete y media fuimos el primer grupo en llegar a la cima. Por tres minutos, fui el primero en pisar la cumbre del Lanín.

La cumbre del Lanín es sorprendentemente pequeña. Tiene algo así como cincuenta metros cuadrados. Tal vez un poco más, no recuerdo las medidas. Podés llegar muy rápido a cualquier lateral.
El abrazo de hacer cumbre fue impensado. Llegar a la cima produce una emoción que uno no planea. Fue increíble.
Luego llegaron otros grupos y hubo un gran abrazo comunitario y cálido. Había gente mayor, que nunca imaginó que podría lograrlo, me enorgulleció. Habían traído dos champagnes para brindar.
Miramos paisajes, desde arriba vimos lugares en los que alguna vez habíamos acampado y lagos a los que habíamos ido a pescar en algún momento. Fue lindo ver todo desde otra perspectiva.
Luego de veinte minutos comenzamos el descenso. Fue rápido. Aunque también peligroso, porque el terreno es irregular y es posible resbalarse.
Había un tramo con mucha nieve que ya habíamos pasado al subir. Hernán nos sugirió ponernos los grampones para bajar de una forma “más rápida y divertida”. Nos sentamos los tres en trencito y bajamos en Culipatín (aclaro que esto era posible porque teníamos pantalones de nieve). Doscientos metros en Culipatín a una velocidad zarpada. Eso nos distendió, bajo un sol letal (recuerden llevar protector) y ante una vista inimaginable.
Llegamos al refugio a las once de la mañana aproximadamente, juntamos las cosas, comimos algo y bajamos. Me resultó más fácil la bajada, pese a que el terreno suele estar suelto y hay que pisar bien. Charlamos, cosa que casi no habíamos hecho a la subida para ahorrar energía.
Le dimos duro y llegamos a la base y al puesto de guardabosques a las dos de la tarde.
No hubo detalle que no haya sido perfecto, incluso eso que no depende de nosotros: la luna llena, el clima. En la camioneta, volviendo a Junín de los Andes, elongamos y tomamos unos mates.
Liquidados y felices, apenas llegamos, agarramos el auto y pegamos la vuelta a la ciudad de Neuquén… el lunes teníamos que trabajar.


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